Lisboa, los mejores atardeceres

De buenas a primeras, suena como un cliché. Suena incluso como si fuese un caza ocasos. Entendí lo que era un atardecer en Lisboa, y no vi uno, vi al menos 20. Porque en Lisboa nace y muere la luz y los días se van mientras el río Tajo es testigo. Allá nació Pessoa y también nace la nostalgia y la alegría. Las calles empinadas y el color. Les juro que la tarde se disputa un premio todos los días. Si tuvieran que enviar un atardecer a un concurso, no sabrían qué día del año enviar. Así es Lisboa, el oriente celoso del poniente porque lo que cuenta son las puestas del sol. Un recoveco que da a otro y a otro y a otro. Un ascensor para ver más y un trapito al sol que puedes tocar.

La vista del mar siempre está ahí, adornándolo todo, resolviendo los días. Súmale el olor a bacalao recién hecho, el café y el pan recién horneado. Dan ganas de escribir, de sentarse a ver y dejar que las horas pasen, de caminar sin fin, de aprender Portugués de tanto oír. Si tuviera que ubicar un sinónimo, sería poesía. Es la palabra perfecta para describir a una ciudad que para mi gusto lo tiene todo. Y es que todo lo completa el mar, la brisa, la arena que de alguna manera se cuela, las paredes desgastadas por tener la costa tan cerca.

Un viaje que me llevó a mis 20, cuando apostaba a ser “poeta”, Lisboa me reencontró con ese yo de hace casi 15 años, porque el viaje siempre se da mucho más adentro que afuera. Me reencontró ese 25 de abril con el olor a democracia, con un país celebrando sus libertades, con una calle llena de gente que se expresaba no para reclamar, sino para celebrarse, para recordar lo importante de vivir en un país libre.

Me muevo a  pie, me muevo en metro, en tren, en un eléctrico que sube y uno que baja. Lisboa es una calle que da al río Tajo o una que da al corazón de la ciudad, alguien que canta de fondo, una pareja sentada en la costa, una fiesta en algún mirador, una fila en un ascensor para subir y ver más, un pastel de nata recién salido del horno, una copa de vino verde y un obrigado que se aprende rapidito.

Eso es, dar gracias.

¡Ay Lisboa!

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