El sur de Chile, un viaje a lo esencial

Un perro ladra afuera, huele a pan recién salido del horno, se escucha al fondo una carretilla con leña que alguien empuja, un niño compra los huevos del día en la bodega de enfrente, la vecina cuenta que su hijo se fue a estudiar a la cuidad, llega un Jeep con un cargamento de papas, alguien fuma tabaco, hay que cambiar el techo del patio trasero dice una señora con voz cansada, el gato tiene dos días que no llega a la casa, ¿será que lo mataron?, exclama un hombre con barba desarreglada, se escucha la olla del agua hirviendo para el té, todos van buscando su puesto en la mesa.

El sur de Chile es así, un montón de cosas que olvidamos, una señora que cosecha sus propios alimentos, un camión 350 lleno de leña, una chimenea que siempre arde. Camino por Chacao cuando llego a Chiloé, el día está gris, hay un gato en una ventana como esperando por una foto. El gato posa, ni siquiera el sonido del obturador lo moviliza, le sonrió al señor de la casa de al lado mientras busco el cuadro que quiero lograr, la brisa no corre, se siente el olor a humedad, a tierra mojada. Si afinas el oído puedes escuchar el sonido de la madera quemándose. Tomé justo la foto que quería, el gato jamás se movió, nunca un felino quiso tanto una foto, me despido de prisa, comienza a llover.

Porque eso también es el sur, una lluvia constante cayendo sobre techos de madera, un invierno que parece que no tiene fin, una casita allá, en la distancia que te hace preguntarte ¿cómo llegaron ahí?. Me como una empanda en el punto más austral del planeta que he estado, Puñihuil, el queso derretido me quema la boca, la chimenea de al lado no está haciendo el trabajo, tengo al océano pacífico al frente, la toma me recuerda a cualquier película de terror, recuerden que el día está gris, muy al fondo se puede ver un islote, desde mi silla parece más bien un piedra gigante en medio del mar, ahí llegan los pinguinos en esta época, pero el tiempo está tan malo que ninguna lancha sale por el día.

– Disculpen pero estoy podridíta.

Dice una señora que nos pidió el empujón para Ancud cuando regresábamos de Puñihuil.

– Estaba sembrando papas, mi marido me dejó en la mañana aquí, menos mal que pasaron ustedes, ya comenzaba a hacer más frío con esta lluvia.

Eso también es el sur, un empujón sin prejuicios, una señora que trabaja la tierra para llevar el sustento a la casa. El sur es una carretera baldía, un montaña con un verde que dan ganas de quedarse viendo. La lluvia no molesta, no preocupa, incluso la idea es mojarse.

En Puerto Montt, la brisa es tal que me golpea la chaqueta con fuerza, como queriéndola arrancar, el olor a pescado se mezcla con el humo de las chimeneas, con un el aroma de un limón recién picado, compro sopaipillas para calentarme y arrancar a Puerto Varas, cuando llego me doy cuenta de algo, el sur es también un montón de pueblos en los que provoca amanecer todos los días.

 

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