Un aplauso sólido, orgánico, sin pose [M]

A la conocí gracias a G. Era probablemente 2009 y aunque intento recordar con esmero cómo fue que hicimos match, no termino de dar con el momento. Recuerdo que, algunas veces subía a su oficina para dejar mi bolso y salir a correr por las calles de Caracas. También recuerdo como desde ese espacio, M con su trabajo de periodista gerenciaba revistas y hacía su aporte desde la comunicación, lo que hoy nos une profundamente.

Comenzamos a compartir más, supongo en reuniones, cumpleaños y cualquier salida inventada. A le gusta ir a lugares a probar nuevos sabores, a mi también. Cuando teníamos presupuesto nos agarrábamos unas horas del fin de semana para probar un nuevo restaurante. Caracas solía ser aún, una ciudad que se dejaba seducir, con precaución como siempre. En el 2013 le dije “Voy a Río de Janeiro”, a lo que respondió “Te va a encantar”, nunca antes nadie tuvo tanto razón con un destino, aunque Río no me cambió la vida, ha sido uno de los viajes que he disfrutado más, ¿quién no lo hace con el mar en frente?.

“Ve y me cuentas, que lo quiero leer”, solía decirme M, cada vez que le decía que tenía un nuevo destino. Me leía en mi blog como una religión y yo hacía F5 en el de ella después que llegaba de un viaje, me ponía en expectativa, aunque ya había vivido el viaje con ella, quería verlo escrito. Lo último que leí de M fue un viaje largo que hizo por Australia. Después que llegó me lo dijo claramente: “Sidney puede destronar a Nueva York”, lo recuerdo como si fue ayer, y escribo Nueva York porque sé que ella detesta que le digan Nueva y no New.

Sí, los viajes también nos unieron, nuestro amor desmedido y ridículo por la capital del mundo, nuestras ganas de tomarnos una foto caminando por Central Park y agarrar la mejor oferta en la 5ta avenida. Manhattan y alrededores es una tarea pendiente que siempre nos seduce. No vamos a descansar hasta que logremos encontrarnos en ese lugar que, para ambos, representa muchas cosas. Hemos ido, ella más que yo, pero la tarea es hacerlo en conjunto.

Compartimos hotel en la Isla de Margarita y ese viajecito corto dio en el clavo para saber que tendríamos una relación de valor. En ese mismo viaje, me gritó en la llegada de una carrera de montaña de 26 kilómetros, no recuerdo qué, pero estaba ahí, 3 horas y 43 minutos después, estaba esperando para asistirme. Aplaudió en la premiación porque me metí en el tercer lugar, un “Tito” fuerte escuché de fondo con un aplauso sólido, orgánico, sin pose. Recibí un trofeo de plástico que boté a la basura al día siguiente.

Compartimos también las ideas y el amor por las comunicaciones, la prensa, la radio e internet. Pero si algo nos une, es que cuando ya no queremos, no queremos. tiene la habilidad de tomar decisiones, de cerrar ciclos sin tapujos, de abrirse pese a las consecuencias. Tiene también la habilidad, sin decir nada, de recordarme el valor de la familia, y todos los suyos, es esa gente que uno tiene presente siempre.

El desapego es lo nuestro, cada quién en su esquina hace lo suyo. Un corazón en Instagram, una conversa rápida por inbox para ponernos al día siempre suele terminar con un “tenemos que vernos… en Nueva York”, nada me alegra más que saber que todo le marcha bien. Nos debemos una reunión de tráfico, pero siempre más importante es el espacio del otro, lo tenemos claro.

Entre ser migrantes, los cambios en su vida y la mía y tener que resolver las cuentas, los planes cambian a cada rato, pero cuando las condiciones se den, en nuestras agendas siempre habrá espacio para lo importante.

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