Lo más parecido a la amistad [N]

Nací en 1986, un 31 de mayo, un mes antes, nació N, el día internacional del trabajador. La conocí en el año 1996, parado frente a ella, me veía como un adulto, era tan petite que provocada abrazarla. Teníamos la misma edad, lo supimos después.

A los 12 años tuvimos una discusión infantil, que se alargó por dos años más donde no cruzamos palabra alguna. Me daban ganas de hablarle, era una de las niñas más populares e “inteligentes” de la escuela. Inteligente en comillas, no porque no lo fuera, sino porque esa etiqueta hasta hoy día, me parece que le dan un enfoque incorrecto. Estaba siempre en el cuadro de honor, incluso hasta nuestros últimos días en esa escuela. Yo también, lo que me hacía un mariquita, el gallo del salón o el amigo que tienes que tener porque se sabe todas las respuestas del examen.

Llegamos a nuestro último año, donde nos recibimos como bachilleres en ciencias en un acto de grado cursi, casi rayando lo ridículo. Cantamos el himno de nuestra escuela con onomatopeyas y no solo una vez, como tres veces. Algunos lloraron, incluso creo que yo también, mi papá, toscamente, grababa el acto con una handycam, todavía me pregunto de dónde la sacamos si éramos pobres. Todo ese drama lo comprendí de adulto, pasamos 11 años en la misma escuela.

Ser aceptado en una universidad era un suceso, un logro. N fue aceptada en una universidad y yo en otra, en ciudades distintas y distantes. Fue en el 2003 que comenzó nuestra historia, todavía recuerdo ese zumbido de Messenger para llamar la atención al otro lado de la pantalla. Nos hicimos amigos digitales. Comenzamos a compartir nuestros dramas por correo electrónico, cómo eran nuestras facultades y la vida universitaria cuando apenas tienes 17. Amaba la no inmediatez del correo, ponernos al día cuando alguien te daba un espacio en la biblioteca o colarte en el laboratorio de computación y usar la computadora para conectarte con amigos. En ambos casos nos pasaba lo mismo.

Llegó el 2008 y me tuve que mudar a la ciudad donde vivía N. Aunque en el entre tiempo nos vimos muchas veces, no fue hasta ese año que comenzamos a compartir lo que hizo de nuestra relación una de las más sólidas que he podido construir en toda mi vida. Compartimos el hambre y la certeza de solo tener una mirada para darnos. Las angustias, los desamores, aunque admito que más los de ella que los míos. Comimos en el mismo plato y compartimos por sobre todas las cosas el mismo humor.

Ese mismo año me tuve que ir a otra ciudad, y un año más tarde N decide mudarse también. En el 2010 nos mudamos juntos, lo más juntos posible, una cama arriba y una abajo, un cepillo de dientes propenso a confundirse, una lavadora con pantalones de ambos. En el carrito del supermercado se ponía comida y agua para dos, a las 8:00PM yo veía los Simpson en FOX y las 3:00 AM N veía Aquí no hay quien viva en Antena 3. Estábamos juntos, pero jamás revueltos. N tenía una vida de pocos amigos que compartía conmigo y yo también, aunque la compartía poco con ella. Hasta ese punto éramos lo más parecido a la amistad, eso me lo dijo un día en una dedicatoria de regalo de cumpleaños. Me sentí halagado.

Tuvimos recaídas tontas, pero no fue sino hasta el 2015 que nos azotó una tormenta. Admito que quizás la mayor responsabilidad fue mía que en su momento no supe enfocarme en lo importante. Nos vinieron esta vez, no dos años sino dos o tres meses, de silencio absoluto, de esos silencios que dicen, suena cliché pero fue así. Pareciera incluso que ese momento estaba destinado, justo después del suceso N parte a Europa por uno o dos meses, y en esta ocasión la distancia además de venir dada por el silencio, literalmente nos separaba todo el océano atlántico. Era la primera vez que estábamos tan lejos.

Nunca tuvimos reglas, al menos no habladas, teníamos un profundo respeto por el espacio ajeno, sabíamos nuestros límites, una curiosidad cero sobre las cosas de las que no se quieren hablar, hay temas que no se tocan pero que están ahí, lo sabemos, lo asumimos. Con N, la puerta del baño casi nunca se cerrada, ir al baño incluso, era un suceso dentro de la casa, negar la mierda era negarnos, era negar la existencia. Aceptábamos la presencia del otro como si no estuviera cerca, nos conocimos en los momentos más incómodos y aprendimos a tener al otro de nuestro lado desde lo más esencial.

Compartimos la pobreza, incluso la de la niñez, pero a destiempo. Nos fuimos más de una vez a la cama con un poema en el estómago. Teníamos noches de lectura donde aleatoriamente tomábamos libros que ya habíamos leído más de una vez. Fumamos marihuana juntos por primera vez, lo recuerdo como si fue ayer, reímos por cualquier tontería. En esa casa no faltaban los libros, el humor y una disculpa a tiempo.

Ese mismo año, me tocó partir a mi. Debajo de su cama dejé una caja con cosas que no pude regalar y todos los libros que nos mataron el hambre, empaqué solo a Jorge Boccanera porque un poema donde habla de Pedro y Nora me hace recordar como fue que construimos esto. Entre N y yo no hay claves del éxito, es que entendemos el concepto de respeto por el otro.

Hoy en la distancia, cuando N lea esto, se va a reír y después me va a decir: “tienes un problema con las comas”.

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