Montevideo, un mate que se comparte

“En breve cruzaremos la cordillera de Los Andes, por favor vuelvan a sus asientos y abróchense los cinturones” parece que, se acostumbra a decir en los vuelos Santiago – Montevideo y al contrario, eso fue lo que se escuchó desde la tripulación unos minutos después de haber despegado rumbo a Uruguay. Mi lectura fatalista: justo ahí fue que el vuelo 571 de la fuerza aérea uruguaya se estrelló en la cordillera. Tenía como 8 años cuando vi una de las recreaciones del accidente en el cine, sobrevivientes de los Andes. Supongo que, es un toque del piloto para que no te pierdas el espectáculo si es que escogiste ventana.

Llegando a Carrasco, el piloto alardea sobre la puntualidad del vuelo, me quito el cinturón antes de que la alarma deje de estar encendida pero lo que realmente me quiero quitar son los zapatos. En migración, escucho como dos sellos llenan de tinta el pasaporte, uno que me da 90 días de estadía y otro que dice mi fecha de entrada al país. No podía estar más feliz. El equipaje llegó primero que yo a la correa, me conecto a wi-fi, escribo “llegué” y voy en busca de un bus a la ciudad.

De Carrasco a Montevideo huele a ganado, a bosta, a verde, al jeep que tenía mi abuelo, a la ropa de mi tío cuando sembraba vegetales en el patio de la casa, huele a agricultura, a tierra regada para que no levante polvo. Hay mucho verde por ambos lados. El verano está en su apogeo, ando sin mapa, no tengo la menor idea de dónde bajarme y muero de hambre. La avenida 18 de Julio es la referencia para moverse en la ciudad, ahí me quedé. Camino sin tanta prisa, no porque quiera ir despacio, sino porque los zapatos me están matando.

En la ciudad, veo en cada esquina carritos de “perros calientes”, siento el olor a marihuana en las calles, el olor a carne con papas fritas, la gentileza se nota incluso sin haber hecho contacto con nadie. No tengo itinerario, solo quiero quitarme los zapatos, comer y dormir. Muero por ver el mar, aunque sé que no son las mejores playas.

Me conozco toda la ciudad en los días siguientes, ¿para qué les voy a decir a qué lugares fui si casi todos están en google? En Uruguay descubrí el concepto de ir de vacaciones, no porque haya descansado realmente sino porque me liberé de itinerarios molestosos, los días empezaban cuando yo lo quería y terminaban de la misma forma. Si tuviese que dar un ejemplo de calma, hablaría de Montevideo hasta por los codos.

Montevideo es un atardecer en la rambla, una cerveza Pilsen de litro, un paseo en bici, un mate que se comparte, es el viento tumbando los arboles, un chivito al plato, uno al pan, es una calle que baja y una que sube, es la gente que te sonríe sin esperar nada a cambio, es la brisa en la cara, es la soledad concurrida de Benedetti, es una cumbia de fondo, un pescador ahuyentando la tormenta.

Pero si algo define a Uruguay, tiene que ser la gente. Esas ganas que tienen que formes parte de lo que son, de ese “shhh” cuando dicen la “ye”, de ese “ta” para decir okey. De cuando dicen ese “pelotudo” que no ofende, de esas ganas de saludar aunque no te conozcan. Montevideo al menos es así, una mate que da la vuelta a la mesa.

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