Chile, un viaje


20150829_084535Ha pasado un año, me doy cuenta porque el primer mensaje que recibí en la mañana fue el de mi papá, que se levanta de madrugada con la esperanza de conseguir una rayita de cobertura en el pueblo para enviarme, lo que hasta ahora no sé si es un mensaje de alegría o de tristeza. Un desgastado “cómo está todo” seguido de un “ya tienes un año…” y por ahí se fue. También noto que este es el primer año porque es el segundo invierno que me toca ¿en qué momento uno deja de contarlos?

Esto de ser extranjero a veces resulta una carga, una limitante, es como si uno siempre tuviese un asunto pendiente, como si te faltara rial pa’ completar medio. Es una carga, pero no pesa, porque hay que cargar con tanto más que no da tiempo de asignarle un espacio al hecho de no tener raíces en el lugar donde vives. Tenía 18 años cuando supe que quería algún día vivir en otro país, pasar un rato en Canadá o en Australia. No me costaba pensar en grande, eran solo ideas o sueños de aquella época. En las vacaciones escolares no se salía para ninguna parte, ni en navidad, ni en carnaval. Lo más cercano a unas vacaciones era semana santa, irnos a tostar en la playa y eso porque la teníamos a 5 minutos de la casa. No era prioridad salir de viaje a conocer, aventurarse o tener la cultura de inventar algún plan vacacional así sea en la casa de al lado. Seguramente por la pobreza, pero también por pereza. Ese debe ser uno de los motivos por los cuales me gusta viajar. La primera vez que viajé, incluso dentro de mi propio país, fue cuando yo mismo pude pagarme el viaje.

Pero hace un año decidí emprender un viaje más complejo, hace un año decidí no tomarme más un marrón claro, porque vamos a estar claros, esa vaina solo la preparan en Venezuela. Hace un año que cambié el verde de El Ávila por la nieve de la cordillera, el rio guaire por el rio mapocho, Sabas Nieves por el cerro San Cristobal, el Sambil por el Costanera, el San Ignacio por Parque Arauco, la plaza Bolivar por la plaza de Armas, Coche, por La Vega, plaza Venezuela por plaza Italia, los aquerositos por los completos y la canilla por la marraqueta. Y sí, las comparaciones son odiosas pero inevitables. No somos un montón de nacionalidades, somos un montón de gente tratando de vivir.

Al final del día uno es como un polímero, te moldeas y si no encajas, calzas. Aprendes a vestirte para el frío y para el poquito de calor que hace en diciembre. Descubres que te gusta el té más de lo que pensabas, pero muy poco lo tomabas en Venezuela. En invierno guardas la ropa de verano en la bodega y al contrario. Aprendes a comer hamburguesa con cubiertos aunque te genere ansiedad. Te acuerdas de lo bueno que es caminar sin miedo. Sigues diciendo coño, nojoda, qué depinga, arrechísimo y vergación, pero sabes que tienes que aprender casi un nuevo idioma. Te sigue gustando el vino, pero ahora lo puedes comprar más. Eres tú mismo, pero con más, con más kilómetros

Estoy convencido que ninguna ida es definitiva y quedarse en el país donde naciste tampoco lo es. El ser humano necesita moverse a sus anchas. La movilidad no tiene porque ser un acto egoísta, es individual. Uno nace con el gentilicio tatuado, es innegable, se nota por encima de la ropa. Pero somos más que lo que muestra una cédula.

Hay días en los que pienso que me fui, hay días en los que pienso que huí y hay días, como hoy, que pienso que estoy de viaje.

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