¡Yo no voté!


Hace así casi medio año abandoné mi país, la situación me obligó a hacerlo, porque no me fui, huí, que es distinto. Para luchar con mis propias batallas en otro lugar y, quizás, para cambiar unos problemas por otros,  ¿por qué no? ¡qué aburrida sería la vida sin ellos! No me fui, salí corriendo como quien acelera en los metros  finales de una carrera de velocidad,  porque esa era la verdad con la que cargaba en aquel instante. Lloré porque dejé lo mío,  al carnicero, al barbero de  siempre, al señor de los buenos días en el ascensor,  al portugués de la esquina que vendía las verduras  traídas de  Coche, y  no me di cuenta de eso  hasta que llegué a un lugar que no me pertenece, porque mis raíces están en otro. No lloré por mi familia porque creo fielmente en que somos seres individuales y universales y porque estoy acostumbrado a la distancia que muchas veces es la consecuencia de una independencia temprana. El que se va no tiene porque justificarlo y el que se queda tampoco porque la suerte tuya no es la mía y al contrario, porque mis  zapatos no tienen  los mismos kilómetros que los tuyos y al contrario, porque mis verdades son mías y las tuyas me son ajenas, porque mis realidades no son idénticas a las de otros. Porque mi vida es mía y la tuya es tuya.

He visto como los que se van tratan de  justificarse ante una sociedad tan deteriorada. He visto como los que se quedan se sienten héroes de su patria por tener las agallas de quedarse  “hasta el final en la tierra que los vio crecer”. A aquellos que luchan subiendo su foto al Facebook con una bandera de Venezuela desde su nuevo país “Venezuela, estoy contigo”. A los que luchan comparando a Venezuela con los países del norte o del sur como si hubiésemos vivido la misma historia y a aquellos que luchan incansablemente contra ese gobierno que nos volvió nada el país, pero se comportan de la misma manera que sus protagonistas, les digo una cosa: no nos sirve. Nos sirven más los coherentes, los que alinean su discurso con su forma de actuar. Los que critican la corrupción de un país pero que están libres de pecado. Los que no evaden impuestos con artimañas contables, los que no raspan cupos, los que no bachaquean. Porque la corrupción en grande o en pequeña medida se llama de la misma manera. Creo en los que saben guardar silencio y en los que abren la boca para decir lo irrefutable.

Han pasado días desde las elecciones y todavía siento esa emoción que seguro ustedes sienten, no porque tengamos un nuevo país, porque esa es una mentira del tamaño de una catedral, sino porque tenemos nuevas formas de ver o mejor aún, somos capaces todos (o al menos la mayoría) de ver en la misma dirección. Yo no voté, porque no pude y créanme que no me siento menos venezolano por eso. ¿Cuántos venezolanos en el exterior no habrán emitido opinión alguna sobre estas elecciones y cuántos de esos tienen ganas de hacerlo? Todos. Todos los venezolanos que estamos afuera queremos siempre hablar de nuestro país. Todos queremos decir algo. Queremos decir que lo extrañamos. Queremos juntar la felicidad de ustedes con la nuestra por haber logrado un cambio en estas elecciones. Muchos preferimos callar porque siempre hay un venezolano más venezolano que todos que reducirá su discurso a “tú vives en otro país y estás bien, nosotros estamos mal”. Entonces me pone feliz el cambio pero me amarga pensar que como ciudadanos nos hace falta un cambio más grande. Nos volvimos reduccionistas, como si emigrar consistiese sólo en la compra de un boleto sin fecha de retorno. ¿Indiferentes? Claro que hay indiferentes, pero la mayoría no lo somos porque nuestras familias están al otro lado del mapa padeciendo como ustedes padecen. Nosotros no tenemos que hacer colas para comprar harina, pero muchos no tenemos 5$ para comprar un kilo.

Créanme, es difícil no tener a El Ávila para saber siempre donde queda el norte.

Ya logramos el primer cambio y sepan los nuevos en la AN que al venezolano ya no le interesa los gobernantes paternalistas. Sino pregúntenle a Yubraska.

Ahora, antes que vengan los otros cambios (¡que vendrán!). Vamos a cambiar nosotros.

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2 thoughts on “¡Yo no voté!

  1. Mi querido Dilmer, Merduno de mi corazón. Yo hice el viaje de ida y vuelta, sé como se siente no estar aquí, cómo se vive rindiendo esa Harina Pan a CINCO DÓLARES ¡Que molleja! Y por eso, porque estuve allá y me regresé sé que uno no deja de amar, sentir, vibrar con Venezuela.

    Yo voté con todos ustedes en mi corazón y cuando estuve ahí, sentadita en mi mesa electoral como una ciudadana más en el proceso de auditoría y ví salir uno tras otro los cientos de votos -que después fueron miles y millones- que nos dieron este AIRE DE ESPERANZA los sentí a todos ustedes conmigo, recordé sus caras, sus abrazos, sus sonrisas y esa ausencia se hizo presencia en mi corazón en esa mesa electoral del un pueblo en el Estado Aragua.

    Opina,comenta, muévete, vibra… y al público de galería, no le pares que esta alegría no nos la puede expropiar nadie.

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