Reencuentro con Morrocoy

Creencias
Creencias

Ir a Morrocoy es reecontrarme con un montón de cosas de las que caigo en cuenta solo cuando estoy allá. Resulta que es hasta la niñez, esas excursiones a las que nunca fui que salían de Puerto Cumarebo los sábados en la madrugada todos rumbo a Cayo Sal. Recuerdo claramente las filas de cavas llenas de Ginebra y jugo de naranja y a mis primos diciéndome “sometido” porque mi papá no me dejaba ir. No saben cuanto lo agradezco hoy en día. Entendí con los años que ese no era el tipo de turismo que quería hacer.

La verdad no son muchas las veces las que he ido, las cuento con los dedos de una mano y me sobran dedos. Me gusta ir, pero cuando estoy allá me desilusiono porque siempre lo idealizo distinto. Entendí también que no es el lugar, sino la gente o quizá hasta nuestra idiosincrasia. Las lanchas navegan con un musicón que ensordece y la gente sigue siendo egoísta, cochina y desconsiderada. Creemos que el turismo es como una rumba o un bochinche sin conciencia y nos olvidamos de lo sagrada que es la naturaleza y de que hay espacio para todo.

Sombrero
Sombrero

Después de más de 6 años mi grupo de la universidad decidió reunirse y como se trataba de un viaje, no me detuve en el artículo. Me apunté y hasta gestioné la cabañita donde nos quedamos todo el fin de semana. Falcón es un destino que siempre recomiendo, porque nací ahí y es uno de los estados que tiene más para ver. Morrocoy es un lugar que me duele, muchas de las personas que van no lo merecen por esa inconsciencia con la que tratan al planeta. Salimos de Caracas con la emoción de un niño con su primer niño Jesús ¿Quién no se emociona con el mar? El camino como es una lotería uno lo adorna con música de los ochenta y de vez en cuando con un “another one bites the dust” de Queen. Llegamos pasada las 9 post meridiano y entre tanta echadera de cuento nos acostamos casi a la salida del sol.

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El orden natural de las cosas

Salimos directo a Cayo Sombrero, no es de mis cayos favoritos pero ya estábamos embarcados cuando supe el destino. Media hora de navegación es suficiente para darte cuenta de que si Dios existe, un pedazo de él está en Morrocoy. El mar agitado hace que tu primer baño sea mientras vas en la lancha, lo pájaros vuelan de un cayo a otro sin prisa. Cuando frenamos es la mejor parte porque podemos apreciar mejor los arrecifes. Cuando tomamos velocidad otra vez pareciera que nos volteamos, es la media hora más corta del mundo y provoca quedarse a vivir en el momento.

A-mar
A-mar

Sombrero tiene un poquito de piedra en la orilla, aunque solo es cuestión de buscar un buen sitio y saberle entrar al mar. Cuando llegas sabes que el mejor plan es un toldito y dejar que el sol y el tiempo hagan lo suyo. No te puedes pelar un ceviche en la orilla o un pescado frito si lo consigues. Hay tantos kilómetros de azul que harán que la vista se te canse de tanto ver. Si estás en tus cabales sabes que para disfrutar Morrocoy es necesario no ir en temporada alta.

Si tienes tiempo ve al pueblito, lo vi limpio esta vez. La playita de ahí no tiene desperdicio y cerquita de la orilla puedes comerte dos empanadas de cazón y una malta. Deja todo mejor que como lo encontraste, no hagas tanta bulla que estás en plena naturaleza y recuerda, como decía Girondo “¡Ante todo está el mar! ¡El mar! Ritmo de divagaciones. ¡El mar! Con su baba y con su epilepsia”

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